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Begin
Macluskey
Ciencia-ficción
2014
Begin es una novela de ciencia-ficción, y dentro de ella pertenece a un subgénero muy peligroso (luego hablo del porqué): el viaje en el tiempo. De hecho ése es el núcleo de la novela, y si te gustan este tipo de cosas (decisiones, posibles paradojas temporales, viajes al futuro y el pasado, etc.) no hace falta que sigas leyendo la reseña – simplemente ve al final y busca dónde comprar la novela, porque no te defraudará.

Begin es un “ladrillo” de unas 520 páginas en el formato físico: es un libro muy largo. De hecho, ésta es mi principal pega con la novela: el comienzo me pareció lento. Aviso de esto porque, si la lees, es posible que te pase lo mismo que a mí –a otros lectores no les ha pasado igual, por cierto–: ten paciencia. A mis ojos, la primera parte de la novela fue una introducción, una preparación que no acababa de culminar en el comienzo “de verdad”. Si te pasa lo mismo, espera, porque hay un antes y un después crucial en la novela: el momento en el que, por fin, aparece el viaje en el tiempo. Una vez pasa eso, el ritmo aumenta bastante y las páginas, para mí, empezaron a pasar muchísimo más deprisa.

No voy a describir el comienzo de la historia, aunque sea lo habitual en las reseñas, porque la clave de la cuestión es el viaje en el tiempo y prefiero concentrarme en las cosas que me han llamado la atención de la novela y de cómo creo que hay que leerla para disfrutarla al máximo. ¿Qué hace especial a Begin?

Parte de la razón de que el libro sea tan largo es que Mac no se limita a centrarse en el viaje temporal: mientras barre épocas diversas, pasadas y futuras, aprovecha para exponer ideas sobre la naturaleza humana, la política, la economía, la moral, las relaciones entre las personas, la justicia y muchísimas más cosas que no puedo resumir aquí. No es una simple novela, es además una exposición de las ideas acumuladas a lo largo de muchos años. A quienes lo habéis leído en El Cedazo esto no os sorprenderá, porque no puede evitar hacerlo siempre que escribe, y aquí se da rienda suelta.

Además de ideas filosóficas, Mac intenta atacar el problema del viaje en el tiempo con cierto rigor: evidentemente no puede ser estrictamente riguroso en la ciencia, porque no estaría postulando la existencia de los viajes en el tiempo, pero trata de ser lo menos fantasioso posible. De paso, habla sobre relatividad, cuántica y demás zarandajas en cierto detalle, aprovechando para divulgar sobre todas ellas; y, puesto que algo sabe, lo hace bastante bien. ¿Ves por qué el libro tiene tantas páginas?

¿Qué quiere decir todo esto? Que disfrutarás más del libro si lo lees con esta filosofía: saborea el camino. No hagas como yo, que piafaba como un caballo al que no dejan galopar, porque lo que quería de verdad es saber qué demonios pasa al final. Y leer Begin para saber lo que pasa al final es como leer Canción de hielo y fuego para saber quién gana: totalmente contraproducente. Disfruta de cómo se va desenvolviendo todo y párate a oler las flores por el camino.

Decía al principio que los viajes en el tiempo son un subgénero peligroso. El problema es que cualquier historia en la que son posibles los viajes al pasado, y con ellos el posible cambio de los sucesos que ya han sido descritos en ella, tiene el peligro de caer en una de dos cosas: mantener una estricta coherencia lógica y caer en el aburrimiento total, o presentar absurdos para darle gracia a la historia. El equilibrio entre coherencia y diversión me parece dificilísimo en este tipo de novelas.

¿Consigue Begin mantener ese equilibrio? No completamente. Aunque me hubiera encantado que lo lograse del todo, creo que el autor ha escogido el menor de los dos males (no voy a decir cuál porque no quiero reventar nada en la historia), y no cae de lleno en ninguno de los dos errores, algo de agradecer, porque muchas obras con viajes en el tiempo son unos petardos infumables.

Lo que sí consigue del todo son dos cosas que me parecen fundamentales para cualquier novela, y especialmente una de ciencia-ficción. En primer lugar, es impredecible. Hay unos cuantos momentos en los que estaba convencido de que iba a pasar A, pero luego resultó que pasaba B a pesar de que todos los clichés establecidos apuntaban hacia A. Eso siempre se agradece.

En segundo lugar, en un par de ocasiones tuve momentos en los que pensé que era muchísimo más listo que el protagonista –y que el autor, supongo– porque había algo que no había tenido en cuenta en sus planes… para luego quedarme chafado al descubrir que mis pegas no sólo no estaban justificadas, sino que habían sido específicamente abordadas en el libro un par de capítulos más allá. El libro no es perfecto, pero está muy pensado.
Fuente: El Tamiz (web)
Referencia del libro

Navegante solar
David Brin
Ciencia-ficción
1980
Navegante solar es una novela de 1980 escrita por un astrofísico y consultor de la NASA, David Brin. Como resultado de su formación científica en general, y en astrofísica astronáutica en particular, Brin es un extraordinario escritor de ciencia-ficción rigurosa y, en muchas ocasiones, del género “duro”. Si no sabes a qué me refiero con eso, la ciencia-ficción “dura” es aquella en la que el núcleo de la historia tiene que ver con la propia ciencia, y no sólo se refiere al hecho de que se preocupa por el rigor científico de la historia.

Este libro, sin embargo, no está dedicado a explicar complicadísimas teorías científicas ni nada parecido. No, se trata básicamente de un libro de misterio científico. Si eres un asimoviano como yo, sabes exactamente a lo que me refiero. Si no lo eres, deberías serlo, y Navegante solar es una puerta de entrada magnífica, asequible y divertida, a este estilo de ciencia-ficción.

El misterio inicial sobre el que gira el libro –no te preocupes que no voy a destripar nada que tenga importancia– es el hecho de que se han observado una especie de “fantasmas” en la cromosfera del Sol, algo que parecen ser formas de vida inteligente. Esto parece completamente absurdo e inexplicable, y se convierte en el primer enigma que hay que descifrar: ¿son reales esos seres, o ilusiones? ¿son inteligentes? ¿es posible entonces comunicarse con ellos? ¿cómo es posible que exista vida en las condiciones extremas de la cromosfera solar?

Como en las mejores historias de Asimov, se nos presentan hechos inexplicables, y los protagonistas de la historia deben utilizar su inteligencia para extraer conclusiones de lo que ven, plantear hipótesis e intentar descubrir la verdad. Es algo así como una historia de detectives, pero el misterio inicial no es un crimen sino un enigma, y las herramientas para descifrarlo no son policiales sino científicas. Y, como digo, este tipo de ciencia-ficción a mí me hace disfrutar muchísimo.

Al interés del enigma se une el del universo que se nos presenta en Navegante solar. La historia transcurre en un futuro relativamente cercano, 2246, tres décadas después de que la especie humana haya contactado con seres de otros mundos. Cuando somos descubiertos nos damos cuenta de que la Galaxia está muy poblada, que han existido civilizaciones avanzadas desde hace mucho tiempo y que, dicho mal y pronto, somos casi unos salvajes y no pintamos absolutamente nada.

Ése es el segundo entuerto del libro que lo hace fascinante: la relación entre la humanidad y el resto de especies inteligentes. Toda especie conocida en la Galaxia ha sido elevada a la inteligencia a partir de formas de vida “inferiores” por otras civilizaciones (todas, en último término, a partir de una especie legendaria, los Progenitores). De hecho, cuando empieza el libro la especie humana está haciendo lo propio con los delfines, y uno de los personajes de la novela es un científico que, casualmente, es además un chimpancé.

Así, la Galaxia es una especie de sociedad feudal: una especie eleva a otra y se crea una relación de señor-vasallo (en términos del libro, de patrón-cliente), no de igualdad. Al cabo de poco tiempo en términos galáctivos o evolutivos, unos meros cien milenios, la especie cliente obtiene un estatus de especie inteligente “de verdad”… pero esto se complica porque, a su vez, la especie vasalla puede elevar otras especies, convirtiéndose a su vez en patrona de otros.

El caso es que la especie humana no encaja en todo esto: las apariencias indican que hemos evolucionado a partir de formas de vida anteriores sin intervención de ninguna otra especie. Pero la comunidad científica galáctica considera esto algo absurdo: ¿cómo va a producir inteligencia la ciega evolución? De modo que muchos científicos no humanos creen que tal vez los “fantasmas” del Sol son realmente la especie patrona de la humana que, por alguna razón, se ha retirado a la estrella y nos ha dejado en paz en vez de tutelarnos como sucede normalmente.

La relación humanos-resto de la Galaxia también tiene interés por la actitud de unos y otros hacia el conocimiento. El resto de especies ha alcanzado la inteligencia al recibirla de otros, con lo que se unen a un Universo viejo, poblado desde hace mucho tiempo y en el que todo conocimiento científico ha sido alcanzado ya. No queda nada por descubrir. Cuando alguien quiere, por ejemplo, construir una nave espacial, consulta la Biblioteca y obtiene los diseños óptimos para cada situación: es absurdo experimentar y pensar en diseños nuevos, porque si fueran mejores que los de los archivos, ¡ya hubieran sido incluidos en ellos hace milenios!

Sin embargo, dado que los humanos han alcanzado la sapiencia de manera independiente y han ido aprendiendo cosas solos, les cuesta aceptar esto: quieren descubrir las cosas por sí mismos. Por esta razón, nuestras naves son peores que las de todos los demás, nuestros ordenadores patéticos y nuestra tecnología en general, ridícula de acuerdo con los patrones galácticos. Pero los seres humanos, obstinados, intentan siempre no depender del conocimiento “guardado” desde hace eones, sino que quieren avanzar aunque sea con un retraso casi de escala geológica respecto al resto.

La aparición de seres vivos en la cromosfera de una estrella, por lo tanto, resulta también inconcebible para la comunidad galáctica, por la sencilla razón de que eso no ha sido documentado jamás, luego, en la psicología de casi todos ellos, es imposible. De ahí el interés añadido de los no humanos en desentrañar el misterio de los “fantasmas solares”.

Como en los mejores libros clásicos de la ciencia-ficción de los 50, un equipo de científicos –humanos y no humanos– son enviados a la cromosfera solar para intentar descifrar el enigma. Los diálogos entre ellos son dignos de Asimov: nos llevan a ir extrayendo conclusiones sobre lo que descubrimos, descartando hipótesis erróneas y disfrutando como enanos. La impecable formación de David Brin lo lleva a tratar, además, los problemas prácticos de una misión de este tipo, tan cercana al Sol, con un rigor digno de mención.

Sin embargo, a diferencia de Asimov –a quien admiro profundamente, por otro lado–, los personajes de Brin tienen profundidad y sus emociones importan, y mucho. La psicología desempeña un papel fundamental en la historia, no sólo me refiero a la psicología individual y humana, sino también a la no humana y a los aspectos globales que he mencionado antes y que condicionan la manera de razonar y actuar de cada uno. Inevitablemente, según leemos, surgen simpatías y antipatías y, a veces, sorpresas.

Esta combinación entre el enigma científico y las relaciones personales está conseguida de un modo magistral. Tanto es así que, aunque este libro tuvo secuelas que ganaron muchos premios –y que recomendaré de nuevo al final de esta crítica–, Navegante solar me parece una obra tan perfecta, tan bien forjada, que me parece más digna de esos premios que las siguientes, a pesar de que no se llevase ninguno.

Pero lo mejor de todo no es esto, ¡que ya merecería leer el libro sin duda! Lo mejor es que, según avanza el libro, se une al enigma científico uno puramente detectivesco digno de Agatha Christie — algo que no es sorprendente, puesto que Asimov influye a Brin, pero Asimov a su vez era un gran admirador de las mejores historias de la inglesa. Ambos enigmas están relacionados, pero el enigma criminal consigue algo que hace al libro aún más redondo: añade una urgencia que anima mucho la novela.

Claro, en muchas obras clásicas de este estilo el interés es puramente académico: consiste en explicar lo inexplicable. Sin embargo, aquí estamos ante un grupo de personas entre las que tal vez alguna ha cometido un crimen, con lo que ya no es un problema teórico ante el que actuar con tranquilidad y asepticismo científico: si no lo resuelvo pronto tal vez el próximo en morir sea yo. Ahí, una vez más, Brin aprende de Asimov pero va más allá que él.

Dicho esto, incluso en la parte “criminal” la influencia de Christie y Asimov es evidente, y creo que si has leído alguna novela de Agatha Christie vas a entender perfectamente lo que quiero decir. A pesar de que las novelas de Christie incluyen asesinatos, son “limpias”: no son deprimentes ni aparecen cosas terribles, y nada es demasiado explícito. Lo mismo sucede aquí, y aunque eso no sea realista, me gusta — lo mismo que disfruto más leyendo a Christie que a otros escritores de novelas de crímenes que muestran la realidad tal como es. Supongo que eso dice algo de mí y que ese algo no es bueno, pero me da igual.

La tensión entre los dos misterios, aderezada por las relaciones entre personajes y entre la especie humana y el resto de la Galaxia, hace de la segunda parte del libro algo fascinante y bastante rápido. Es cierto que –una vez más, como los clásicos del género– la primera parte es una especie de preparación, en la que la historia va tomando carrerilla, pero si empiezas el libro y te parece lento, ¡por Clarke, no pares! Merece la pena seguir.

El ritmo va acelerando y en la última parte pasamos de conversaciones razonadas a la acción, pero con la ciencia de trasfondo y con decisiones que tienen que ver con las condiciones extremas del entorno –y con ciencia bastante rigurosa, porque es David Brin–, de modo que una vez más el libro combina lo mejor de los clásicos con un ritmo más ligero, propio de novelas más recientes (sé que hablo de un libro con treinta años a la espalda, pero sigue siendo moderno comparado con Fundación de Asimov) pero sin caer en la acción sin fundamento.

De modo que sí, puedo decirlo sin tapujos: no soy objetivo. Me lo pasé teta leyendo sobre una expedición a la atmósfera solar, sobre razas extraterrestres exóticas e interesantes en lo físico y lo psicológico. Me lo pasé bomba intentando predecir junto con Geli, mi mujer –porque lo leímos a la vez– la solución al doble misterio de la novela; me lo pasé bomba con las relaciones entre personajes humanos, chimpancés y pila… y creo honestamente que tú también te lo pasarás muy bien si lo lees.

Como guinda del pastel, he dicho antes que Brin construyó una serie entera en el universo esbozado en Navegante solar. De esa serie hay libros mejores y peores, pero incluso los peores son buenos. Y esta novela es una manera excelente de entrar en ese universo y, si te gusta, seguir explorándolo en las siguientes, algunas de las cuales han ganado múltiples premios muy merecidos.
Fuente: El Tamiz (web)
Referencia del libro

La rata de acero inoxidable
Harry Harrison
Ciencia-ficción
1990
El nombre real de la rata de acero inoxidable es James Bolivar diGriz, que también es conocido como Jim el resbaladizo. Es un ladrón de guante blanco de una habilidad excepcional, en una sociedad futurista en la que el crimen es prácticamente desconocido. La tecnología ha avanzado tanto que es casi imposible cometer uno sin ser cazado, con lo que sólo los más hábiles criminales pueden serlo durante cierto tiempo
Fuente: El Tamiz (web)
Referencia del libro

La paja en el ojo de Dios
Larry Niven & J. Pournelle
Novela de ciencia-ficción
2004
Básicamente, La paja en el ojo de Dios es una novela sobre el encuentro de la humanidad con una especie extraterrestre.
Fuente: El Tamiz (web)
Referencia del libro

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